El Paisaje, El Objeto y El Espacio I

“El mundo de los campos no es grave porque en él se sufra y se muera; el mundo de los campos es grave porque en él se vive. Allí, el ser humano se ha convertido a sus propios ojos en un despojo total; allí, asimismo, sus guardianes han sido también transformados en completos despojos. Un país donde existen campos de concentración es un país podrido hasta la médula. El mundo de los campos de concentración es un contagio inevitable, y es por todo ello la mayor desgracia que uno pueda conocer.” David Rousset

 

Toda sociedad tiene una obligación con su pasado: impedir que éste sea irremediablemente eliminado. No se trata de someter el presente al pasado, ni tampoco que todas las memorias del pasado sean indispensables por igual. La memoria colectiva prefiere retener los ejemplos de su pasado comunitario; aquellos en los que fuimos o héroes o víctimas inocentes. Estas situaciones nos hacen sordos frente al presente, ciegos frente a lo que se ha desarrollado,  lo que se ha conseguido.
Darnos  cuenta de la evolución y de los aparatos que hemos dejado atrás, de cómo los diseños cambian con las necesidades y se van desechando elementos, tecnologías e ideas. Un pueblo debe recuperar su pasado, no para repetirlo sino, para poder mirar hacia adelante con menos miedos; buscar amargamente nuestra propia transformación. La documentación histórica (sea gráfica, oral o escrita) es la herramienta del presente que se debe guardar para después revisarla: archivar aquellas imágenes e historias que describen los escenarios y acciones del día anterior.
Los días y los hombres han pasado por las tierras dejando sus huellas, sus olores, marcando los territorios como criaturas salvajes que simplemente se reparten las áreas para que el alimento sea proporcionado. En la geografía de la memoria, se encuentran sectores que nos afectan sutilmente, escenarios mudos de batallas y de faenas que desconocemos, que nunca vivimos en carne propia y en donde el polvo aún no  ha terminado de caer; en los escenarios quedan siempre esparcidos no solo los líquidos y las voces, sino también las herramientas que se dañaron, los instrumentos cotidianos que no se usan más y los que son difíciles de trasladar de un lado a otro, se acumulan elementos con una carga propia de significado, con un poco de memoria y pedazos de historia; un paisaje de olvido, de objetos e instrumentos.
Al mirar el pasado y buscar estos espacios físicos, que en la memoria han quedado débilmente guardados, descubrimos elementos que han sido dejados a su suerte y que, a juzgar por el estado en que se encuentran, se puede decir que han sido abandonados forzadamente, que un evento insospechado exigió de repente un desplazamiento  ágil en el que se debieron dejar a la deriva, o tal vez fueron reemplazados elementos y estas herramientas por otras más prácticas, evolucionadas o modernas (en caso de emergencia, hay que poder abandonar lo que se tiene en las manos justo antes de doblar la esquina para poder correr libremente y sin ataduras).


Tzvetan Todorov, El Hombre Desplazado, Santillana, S.A. Taurus. 1998
El Paisaje, El Objeto y El Espacio II

El silencio, el viento, el mastranto, el sol. El viento sigue, el mastranto. La piel. El sudor. El silencio. La memoria que llora,  el pensamiento. El silencio. Madrugar, el café, los caballos, el rodeo, el apero, la soga. Los caballos, los jinetes, el silbo, la copla, el coplero, el paso del caño. El sol, el viento, el becerro. El agua, el estribo, el aparte. Más apartes, los caballos, la pierna, el oído. Se aparta, se escucha el talón. La boca, la rienda, la cabeza, las patas. El rodeo, la madrina, la cosecha, la carne, la matanza, las varas, la risa, la sal, la tasajera, el sol, el café, el cuero, las estacas, el chulo, el perro, las hormigas, la carne, el viento, el sol. El silencio. El día, la noche, la capotera, el cuatro. Madrugar, el ordeño, otra copla, botalón. Otro rodeo. El viento, el mastranto. El zorro, el Cervantes, el pasto, el aparte, el mangón, la sal, el agua, la sal, el pozuelo. El paradero, la sal, la majada, los toros. La tarde, el padrote pitando, paradero. Silencio. Los mangos, la casa, el chiquero, el capón, el verraco, la troja, la palma. Botalón, rejo, sabana, el cuero, el garabato, la tarabita. El tiempo, el verano, el callejón, la candela, el viento. El invierno. El caucho, el frío, el sol, el silencio, el frío, el viento. El frío, el invierno, el agua. El becerro. El río.  El bajo. El estero. El sural, el banco, el sural. El silencio, el viento, el mastranto.

 Todos  los objetos tienen un tiempo de vida y un tiempo de uso; cuando éste se termina y el objeto no se va a utilizar más, debe liberar el espacio que ocupaba en la memoria, de modo que no interfiera en las tareas y oficios que ahora prescinden de él. Así como el espacio que ocupa físicamente se vuelve inmanejable, el objeto ahora estorba y se le deja en un sitio en donde ya nadie lo vea  más. No hay forma de acceder a él.
Ahora se tiene un nuevo elemento, un  objeto del que no se conoce ni su función ni el nombre; sin embargo contiene cierta información que vale desglosar.  Los primeros objetos recogidos son instrumentos y herramientas de trabajo ubicados casi todos en un solo sector y de los que no se tiene mayor información, estos se toman como testigos mudos de una realidad y de una cultura (actual y /o pasada), posteriormente se analiza su entorno: un paisaje generado a partir de huellas y marcas dejadas después de un período de asentamiento que  terminó con un desplazamiento en el que el territorio volvió a quedar solo.

El propósito es tomar los objetos a manera de naturalezas muertas, de sujetos neutros para establecer una comunicación con el espectador, quien en principio no los identifica con ningún vínculo propio,  interpretando a la imagen sin preconceptos ni referente.  El paisaje como escenario y excusa para la pintura y el dibujo, atmósferas creadas en el papel como diálogos tácitos con la memoria.
Se parte de una intención investigativa. La documentación gráfica de los elementos que hacen parte de una cultura que desaparece,  a manera de hallazgos arqueológicos, se almacenan como material para desarrollar el proyecto en su primera etapa, que se compone de una serie de dibujos de pequeño formato, en tinta, y en los cuales se describen fielmente las texturas y funciones de las diferentes herramientas y elementos.
Cada elemento se documentó en varias series de estos dibujos en pequeño formato, dando lugar a nuevas apreciaciones.  No se encontró un documento histórico-gráfico que describiera la historia de Los Llanos, salvo archivos de viejos mapas y unos pocos grabados provenientes de Venezuela, pero en ninguno de esos dibujos antiguos, se describía concretamente los elementos o herramientas desarrollados durante esta  época, solo algunas escenas  muy generales,  que además se pueden encontrar en los documentos y bitácoras de las expediciones de la colonia en Norte, Centro y Suramérica.   No   había   archivos ni evidencias   anteriores  de los que se pudiera partir, así que esta serie inicial de dibujos  pretende ser una propuesta para llenar ese vacío y nutrir aquella ausencia de documentos gráficos en los archivos históricos de Los Llanos Colombianos.

Posteriormente estos mismos elementos (estudiados en la primera etapa), se retoman en  una propuesta no tan ligada al documento, cuyo carácter auto-referencial refresca la imagen con un resultado más plástico,  más atmosférico,  en el que el elemento ya no se presenta aislado de su entorno,  es la misma imagen la que se sugiere como una  composición y un espacio propios, sin referentes.

Elementos, Hallazgos y Palabras - tema I

Interior (desde la memoria)

Existe un interés propio, una intención que se sienta junto a mí en el corredor durante horas enteras, selecciona conmigo una a una las palabras y los elementos, resultan cada vez más simples y cada vez más importantes.
Una pregunta íntima que puede ser subjetiva frente a los ojos que llegan aquí por primera vez, un problema que nace de la vivencia, de la experiencia, de la observación meticulosa y de la actitud plástica más profunda, me invita al taller a tomar las herramientas, a traducirla al papel, a la tela, a la mirada; entonces se hace visible, la imagen. Nacida como respuesta inconsciente a partir de situaciones externas que asimilo en silencio con los minutos y los días.
El entorno se consume como la piel por el fuego, se respira como un aroma pasado. Se hace palpable.

La experiencia es honda, he permanecido atento a cada nueva situación,  he guardado datos cuidadosamente en un orden que me permite hablar con propiedad, como si supiera un poco más. Digo que la observación ha sido sincera y prolongada, las preguntas han surgido liberalmente sin obtener una respuesta en su totalidad. Algunas de estas respuestas han sido fascinantes, otras he tenido que guardarlas para desempolvarlas más tarde y repasarlas con los nuevos días y los nuevos verbos que se adquieren: Las piedras de la sabana están ahí porque antes esto era el lecho de un río. Cuando me bañe en el río debo contar siempre los caimanes que se asolean cada mañana en la  playa de la otra orilla, si falta alguno de ellos, no entro al agua. Antes de ensillar, siempre, siempre, debo revisar las correas de los aperos,

los madrinos, los arciones, también los aperos de cabeza, el bozal,
la barbada, el alzafreno, el tapaojo. Nunca debo acercarme a un caballo por las patas. El tranquero se abre siempre, primero por las trancas de abajo hasta arriba y se cierra primero por las trancas de arriba hasta abajo. (...)

Muchas respuestas han sido fascinantes, cargadas de sentido, de vida, de poesía.  Llenas de una riqueza visual muy fuerte que ha quedado grabada en mí memoria,  esperando ubicarse en un sitio específico. Así mismo, la recolección de imágenes e impresiones ha sido infinita, no solo visuales; las experiencias más intensas son las del tacto, las de la piel que se estira,  que percibe el viento,  el calor y el miedo; las sensaciones sonoras que llegan aún más allá de la línea del horizonte, y las olfativas, dueñas de un paisaje todavía más accidentado y nutrido que la misma sabana que no cambia en horas, en metros.

Me siento en el corredor de la casa con los pies descalzos y siento el piso de tierra que permanece fresco e inmóvil, con las manos ligeras comienzo a contar palabras, imágenes que atrapo o que llevo grabadas desde hace unos días y con cuidado las guardo. Me siento en el corredor a ver pasar los perros que corren,  muerden las orejas de los marranos que se acercan al patio en busca los mangos que cayeron,  espantan a los chulos que pican el cuero que se orea en el bastidor.  El pilón duerme boca abajo a mis espaldas junto con el yugo y la manija, y el viento golpea los estribos de pala colgados de la columna de la casa creando una sinfonía de cobre que se repite a intervalos. En el corredor recibo el viento con los olores,  con el sueño y los sonidos; guardo mis papeles con palabras y dibujos, con mi memoria. El cansancio, ese letargo inmenso que avanza despacio y cubre los ojos y las manos que se vuelven más pesadas cada vez. El corredor con su piso de tierra pisada se va, entonces aquí lo dibujo.

Elementos, Hallazgos y Palabras - tema II

La Historia (Nomadismo)

El viento viene galopando desde lejos.  En el llano se habla solamente con el viento, con esas voces internas que en la inmensa soledad del trabajo más rudo y precario permanentemente se preguntan y se responden, siempre en silencio. La campaña libertadora se mantiene presente (a esos hombres se les reza cada día en el llano), aún se sabe reconocer el camino libertador sin extraviarse y desde siempre se ha recorrido lentamente cada tramo, se han cruzado ríos hondos y peligrosos, bajos inmensos y fatigantes capaces de apoderarse de las mentes débiles y de los cuerpos poco aptos de quienes llegan sin sospechar lo que van a encontrar; cada rincón de sabana ha sido explorado con el trabajo de las manos, el sudor y la necesidad de encontrar un sitio en dónde instalar la vida y trabajar la tierra.
El movimiento ha sido permanente; lle-gan gentes de todas partes, respiran serenamente y  logran adaptarse a esa naturaleza limpia, penetrándola sin trampas, descalzos, desnudos, abriéndose paso en medio del viento que empuja sus pieles y sus bestias hacia la noche para detener su paso cada día.

Este desplazamiento co-tidiano genera reflexiones importantes. Existe una condición nómada que no permite radicar sentimiento ni carne en sitio alguno y marca un ritmo constante en la atmósfera que se respira: nuevas caras y nuevos cuerpos dando forma a un territorio constantemente.
Se adquieren nuevos conocimientos a medida que se enfrenta el hombre al medio y conoce su entorno, improvisando cada movimiento y cada paso, decidiendo cada metro y cada minuto con sutil cuidado. Esa información que se recibe en cada viaje, en cada estación, se almacena en la memoria de cada individuo; es tan importante como  la huella que se deja y,  simplemente cuenta su fragmento de historia congelada, se queda. También se guarda información en las herramientas que se utilizan y se gastan con el trabajo incesante: el color, la textura de la madera trabajada y el paso del tiempo en los objetos dejados a la intemperie, dibujan en sus pieles un documento que se abandona y se olvida al mismo tiempo que se convierte en un distintivo de identidad.

El nomadismo tiene muchas caras en el llano y se presenta en campos distintos. Tiene también muchos nombres y motivos diferentes que finalmente generan un gran nomadismo, una intención constante de cambio, de evolución y de renovación.

Los primeros pobladores eran aborígenes nativos, tribus errantes que en su mayoría vivían de la caza, la pesca y la recolección a las orillas de los ríos. Con la llegada de los españoles y la introducción de la ganadería, se comienza una lucha por la supervivencia que concluye con la fusión e integración de aquellas culturas. La memoria del hombre español traía consigo tecnologías europeas que se modificaron en América, al encontrarse con paisajes y recursos de características distintas a las que ellos conocían, y que debían suplir las mismas necesidades.

Un entorno que se oponía al asentamiento permanente y estable, que permitiera afianzar las labores de supervivencia y actividades económicas, planteaba un desafío; un duelo que asumieron los hombres con decisiva tenacidad.

La economía del país, en su etapa de constitución inicial, necesitaba una agilidad que por ese entonces, el llano no proporcionaba; el olvido fue la  solución para poder reservar la energía y los recursos a empresas de mayor rendimiento, que no precisamente se ubicaron allí: “El proceso de las colonizaciones y fundaciones, que al finalizar la Colonia comenzaba a vincular nuestros Llanos Orientales y la región del río Meta a la vida nacional, tuvo que detenerse súbitamente ante la imperiosa necesidad de destinar las partidas de gastos en empresas de una utilidad más inmediata por su pronto rendimiento”

El olvido, el aislamiento y la rudeza de la tierra obligaron a los llaneros a desarrollar precariamente su propia tecnología. Un desarrollo lento e independiente con sus propias vanguardias y talentos, su propia reflexión; este mismo aislamiento, que no duró para siempre, hizo que apenas se consiguiera integrar nuevamente el llano al resto del país, se recibiera ávidamente cada nueva propuesta. Esto hizo que se absorbiera cada producto naciente,  desplazando y dejando a un lado la mayoría de instrumentos que, hasta entonces, se habían logrado desarrollar y, que habían sostenido a la zona,  creando una ciencia independiente y sólida sin siquiera advertir el sito en donde se les dejaba.

Estamos hablando de cerca de  quinientos años en el desarrollo de una cultura y de menos de cien en los que ésta se pierde casi por completo. No estamos recolectando fósiles, estamos juntando elementos que aún respiran debajo del polvo, instrumentos que incluso  no han perdido completamente su capacidad de uso y, simplemente fueron cambiados por otros modelos más modernos o más prácticos.

Elementos, Hallazgos y Palabras - tema III

El Polvo


“...En este proceso de interrelación el ser humano produce y deja legados: la cultura anfibia, los trazados urbanos, los pueblos...”
Rodolfo Ulloa

El llanero actual es el reflejo de un mundo de extremos; la necesidad de adaptarse a una vida versátil, que se desarrolla pasando de un monte exuberante al  agua de caños y ríos grandes o  en la extensa pradera,  ha convertido al llanero en un hombre valeroso, independiente e individualista, pero generoso y hospitalario a la vez. Una infinita planicie inundada, el horizonte que se pierde de vista hecho agua, un invernadero de aves de todos los tamaños y colores, y el hombre que avanza lentamente, caño a caño, sobre la curiara.
Pasado unos meses, el escenario ha cambiado. El suelo ahora es una grieta; hace tiempo que no cae una gota de agua y el sol se aferra a las playas de arena que bordean los ríos disminuidos, a las copas de árboles,  a todo ser viviente. El hombre pasa, de la curiara al caballo,  sobre éste arrea el ganado en la búsqueda perenne de las aguas del verano.
El hombre adapta su vida al medio que habita, toma de éste ciertos elementos y fabrica sus instrumentos de trabajo. Los objetos no son eternos como la memoria, pero la conservan en sus pieles; el hombre ha elaborado instrumentos para ayudarse a dominar a la bestia, a permanecer vivo, cada uno construido sin la posibilidad de equivocarse y con una tarea vital para lograr esa conquista del  terreno: La historia va pasando y el polvo se acumula; así como a cada segundo se cubrieron de arena imperios, monumentos enteros  se enterraron y con ellos los días y las voces bajo el polvo. En este llano se ha acumulado también sobre las personas una capa de grasa que pesa y no deja ver lo que había, lo que ha quedado. Luego, la gente se calla, se olvida y se marcha con su “olvido lleno de memoria” y deja solamente la hierba acostada y amarilla por donde pasó, el camino de tierra cerrándose a sus pasos y el viento que corre libre nuevamente en el vacío de sus cuerpos ausentes.

Observando el paisaje, me doy cuenta de cosas que ya no están más ahí, y las extraño. Cosas de las que nunca supe lo que  eran y de cuya ausencia surge ahora otra pregunta: ¿Adónde fueron? De cualquier forma, las guardo para mí: como no están, ahora me pertenecen, son mi memoria empolvada de olvido, mi silencio, mis voces golpeándome mientras avanzo sin mirar atrás; las ordeno por tamaños  en una repisa. Las cuento, las estudio con cuidado y las dibujo; las guardo en papeles como si fueran copas de vidrio o platos de porcelana para que no se quiebren. Sostengo una labor arqueológica, taxonómica, acumulando material y llenándome de nuevos paisajes, en los que ya solo encuentro estos objetos llenos de memoria, que no tengo más frente a mí. Dibujos

Elementos, Hallazgos y Palabras - tema IV

La Majada

La imagen es húmeda y oscura, un encierro muy amplio con palizadas dispuestas casi azarosamente que dibujan una barrera poco uniforme pero firme, un tranquero grande con llaveros gruesos y altos que soportan nueve trancas redondas y muy pesadas.  Allí dentro, el piso tiene una gruesa capa de estiércol seco acumulado durante varios meses,  hay varios pozuelos  grandes llenos de sal blanca que contrasta con el tono oscuro de las maderas y el suelo; hay una estrecha bajada al río que también está encerrada con una garabatera apretada y amarrada con bejucos. 

Todas las tardes llega el ganado caminando a buscar la sal y el agua. Arriban los toros lentamente rompiendo el silencio de la puesta de sol con sus melancólicos cantos de poder, pueden pelear toda la noche frente a la puerta o pasar cuidadosamente hasta el agua, para luego acostarse cada uno junto a un pozuelo y remoler hasta el amanecer junto a la sal. Todo el rodeo duerme allí dentro, se ha acostumbrado a recogerse en ese lugar cada alborada por varias generaciones, a estar cerca de la casa donde están los hombres que les ponen la sal,  a escucharlos de madrugada con sus cantos de ordeño y sus risas. El rodeo entero duerme en la majada, bebe el agua y lame la sal de los pozuelos que inertes permanecen en el suelo por años. Desde  adentro el paloapique se alza irregularmente contra el horizonte como una fortaleza impenetrable a la que se respeta y se  teme; en la mitad de la noche un ruido o un olor que pasa espanta los animales que en la penumbra busca un sitio seguro, provocando una estampida las reses se estrellan entre sí haciendo vibrar el  paloapique que se sostiene sin doblegarse.

La majada es un sitio de reunión con una atmósfera muy quieta y casi monocroma, un espacio atiborrado de huellas y de movimientos grabados, de humedad, de  materia, de olores y de polvo.
Quiero hacer una majada justo aquí,  donde se reúnan también otras voces.
El paisaje y las herramientas de los campesinos han servido de símbolos substanciales para todo el mundo: tenemos a la hoz y el martillo en la bandera de la antigua Unión Soviética que se levantaba cálida en medio del frío ártico y, que ahora sirve de icono para múltiples grupos, sindicatos y partidos políticos aunque no compartan totalmente las ideas del antiguo régimen. Por otro lado encontramos por ejemplo, la literatura gótica, la cual se recrea siempre en espacios inhabitados, vacíos y con protagonistas fantásticos que son en esencia, hombres del campo; durante el siglo veinte se creó un sinnúmero de obras literarias, plásticas, e incluso musicales,  apoyadas en las raíces labriegas de sus países.
Aprovecharé este espacio para hacer referencia  a algunos artistas con los que he convivido y compartido puntos de vista, dudas, argumentos y formas de trabajo y en cuyas obras he encontrado gran afinidad y un eco decisivo para resolver problemas y generar otros más, que han surgido a medida que se ahonda en los temas y las áreas:

La huella de la guerra en la obra del alemán Anselm Kiefer, de quien tenemos sus imponentes pinturas de gran formato, que re-crean los campos germanos con sus cosechas perdidas. Además de sus trabajos fotográficos, algunos objetos e instalaciones en los que se sugiere un desplazamiento; un abandono similar al que sucede en el llano cuyo paisaje es de igual manera desolado y lúgubre.

Kiefer se apropia de espacios abiertos y cerrados, la imagen se respira con un vaho de posguerra y un simbolismo sutil, inspira un silencio y un tiempo reflexivos en los que se perciben los elementos que el artista nos quiere traer: La ausencia de personajes, la soledad, el olvido, la memoria, el pasado, la cultura y la moral. El lirismo en Kiefer es evidente, el interés por lograr una imagen a la vez poética y controversial frente al peso que tiene la huella de la segunda guerra mundial en el simple hecho de ser alemán, es reflejado especialmente en sus libros de artista, en los que incluye fotografías y registros de acciones  sugestivas y simples, acuarelas,  dibujos de paisajes y textos cortos de gran repercusión y resonancia.

A partir de una arqueología en elementos que son casi con-temporáneos,  a partir de una  taxonomía de los objetos y de la anatomía de la memoria, se logra tener una idea alarmante de cómo la cultura se va disolviendo; desvanece mientras es absorbida por otra. Se tratara de  evolución y desarrollo. Las nuevas tecnologías y la industria llegan el sector rural, obligando a archivar aquellos elementos, prácticas, tradiciones e incluso expresiones y términos ancestrales que son reemplazados por nuevos modelos.

De esta manera volvemos a esa imagen fría de los objetos que no conocemos y que yacen abandonados, sin tiempo ni nombre, para acercarnos a la obra de Jim Dine, quien también recoge herramientas de trabajo,  típicamente norteamericanas y elevadas a un nivel estético con gran destreza.

En Dine no se presenta ese elemento agresivo de la guerra como en Kiefer.  Tampoco se apropia de los objetos abandonados con la misma intención que  éste proyecto, él simplemente los recoge como excusa para el ejercicio pictórico. “Una superficie sobre la cual manchar”.
Finalmente, el resultado se resume en una atmósfera sórdida y puramente pictórica que logra hacer ver al objeto con un rostro diferente; le cambia el nombre y lo convierte en una herramienta maleable, flexible. Se apropia de él y lo transforma en pintura más allá del referente.
El contexto, el preconcepto, el entorno, básicamente el referente, son componentes que el espectador busca en la obra para poder acceder al elemento sin titubear, pero cuando esas bases son cambiadas, superpuestas ó modificadas, la obra cobra un nuevo sentido, una nueva idea que se desarrolla como huérfana, sin ayudas externas. Es obra en sí misma. El ejercicio pictórico más profundo, es egoísta, es auto-referencial; habla de sí mismo, del material, del medio, de su propio resultado como única realidad, en este punto, el referente no se necesita, se prescinde de él.

La carga de imágenes, de ideas vividas y contadas que la mirada conserva en la memoria es importante, de igual manera los textos, se acumulan y amalgaman, crean ellos mismos un solo texto ó una sola imagen. Gerhard Richter ha creado un inigualable número de imágenes con la mayor libertad y genialidad, que sugieren una aceptación del arte como un único universo que no se casa en sectores específicos o tendencias, simplemente es un ejercicio permanente, cotidiano, en el que todo es recibido y todo es valioso.

 La importancia del boceto para Richter es notable, la sensación de la “primera vez”, la admiración que surge de la primera mirada, debe conservarse igualmente en la obra. No es solo la mirada del espectador la que cuenta, sino también la del artista que es quien decide las direcciones, es quien crea. 

El contenido no debe importar más que la misma pintura o el dibujo; los problemas reales son los que atañen al medio y al pensamiento, que lo abarca también todo, sin discriminar ningún tema. La importancia del paisaje, de la escena y del rostro inquietan profundamente, los temas dejan de ser irrelevantes, ya que el mismo paisaje cambia permanente-mente, los objetos también; así que un bodegón, un retrato o un paisaje, puede seguir siendo tema para el desarrollo pictórico por-que siempre será único.

Dibujando la memoria

Actually I´m interested in the problem and not in solutions. I think there are certain Pop artists who are interested mainly in solutions. I paint about the problems of how to make a picture work, the problems of seeing, of making people aware without handing it into them on a silver
platter.”    Jim Dine, 1963

Podría aproximarme con una cámara y capturar la imagen y los elementos para mostrarlos en un marco metálico o proyectar una a una las transparencias en una sala oscura. Podría editar varias horas de video y dejar que toda la información se arme sola, sin composiciones ni colores reales, pero  los medios no pueden documentar solos, requieren necesariamente un modelo para copiar, no tienen memoria y no me permiten crear a partir de los objetos. Permanezco muy lejos del sitio que documento y, aunque conservo algunas fotografías tomadas por mí en otro tiempo, es prácticamente de la memoria de donde sale mi fuente; he tenido la oportunidad de trabajar con estas herramientas por largo tiempo y esa experiencia me permite aproximarme más concreta y sinceramente a cada instrumento desde la memoria, sin especular demasiado, dejando que la piel cuente cosas mientras trabajo, la textura del material, el olor de las materias, el silencio.
Corro el riesgo de repetir imágenes y gestos, de acudir, ya no a la experiencia anterior, si no al  último dibujo realizado  convirtiendo el trabajo en algo mecánico. Pero al mismo tiempo exploro el material plástico con el que trabajo, encuentro lenguajes diferentes y nuevas posibilidades de un papel a otro, de una tela a otra, el problema plástico se hace importante y protagónico haciendo que desaparezca cualquier manierismo en la apropiación de la imagen que desarrollo.

Hablo de movimiento, de desplazamientos  y de viajes alrededor de elementos y herramientas que no están ni en el olvido ni en el cuerpo, la memoria nos traslada en un instante de un escenario a otro, en la calle un sonido, un olor ó una sensación específica nos remite a experiencias anteriores, y eso no lo captura la máquina, no lo ve. Siempre cada trazo es diferente, siempre cada grafismo tiene una lengua distinta que permite también avanzar en el trabajo, dibujando, escribiendo.
Si bien hay algo del ejercicio taxonómico y documental en este proyecto al aislar entornos y trabajar la imagen unitaria creando nuevos escenarios que son neutros o retirando el paisaje en el que se encuentra, haciendo un seguimiento como de explorador de una cultura, se recoge en cada dibujo un hallazgo precioso e importante.  Además existe una intención más personal y visceral  que dejo fluir sin problema; es evidente que conozco los elementos, sé como se utilizan y de dónde vienen, han marcado parte de mi historia y he convivido con ellos por muchos años, así que en la imagen permanece vigente cierta nostalgia, la necesidad de  invocar a los ancestros y a las mismas herramientas para permitirme continuar. Insisto en las herramientas como elementos olvidados, como instrumentos de una memoria que me pertenece y que domino, así que me compromete con cierta ánima y una sensación particular al desarrollarlos.
 

Existen varios sectores desde los cuales podría aproximarme a la memoria: pienso cómo surge cada elemento, cada instrumento que tomo tiene un oficio específico y por eso me interesa mostrarlo. Es la memoria la que nutre esa información que necesito, la experiencia del trabajo con cada elemento permite apropiarme más sincera-mente y dejar de un lado lugares comunes o ideas poco desarrolla-das.

Agotar las posibilidades de representación de los objetos, producir las imágenes frenéticamente llenando el vacío que existe en la documentación y en la representación de la historia y la cultura; confío en el dibujo como herramienta documental y medio plástico, como lenguaje que persiste en el tiempo y que no pierde vigencia como propuesta plástica, confío en el dibujo como expresión y atmósfera de investigación y  sensibilidad.

En la Aurora

No sé muy bien como sucedió; estábamos parando una punta del rodeo de “La Chamuscada” en La Aurora, hubo un poco de movimiento y varias reses corrieron sin dirección, así que nosotros corrimos también para alcanzar la cabeza del desorden y obligar a esas reses a incorporarse nuevamente al rebaño, que estaba ya calmado y rodeado  por otro grupo de hombres que nos acompañaban. Recuerdo que corría detrás de alguien, creo que era mi tío Armando, hasta que se atravesaron dos novillas en medio de nosotros. Yo montaba un caballo que recién conocía; se llamaba Gavilán y tenía la crin muy larga y canosa, el resto del cuerpo también era canoso, lo que lo hacía verse del color de la ceniza fría;  corría concentrado en el trabajo y cuando las novillas pasaron frente a nosotros, Gavilán siguió detrás de ellas como un perro de caza;  yo era pequeño entonces y estaba fatigado por el sol y el hambre, (habíamos salido muy temprano en la madrugada, nos levantamos antes que el sol y, sin más en el estómago que un café cerrero, cuando llegamos al sitio en donde duermen los animales, eran ya las doce del día porque el sol estaba justo sobre mi cabeza), así que dejé que Gavilán hiciera su trabajo; veía pasar el suelo muy rápido hacia atrás y apenas podía distinguir los cuerpos blancos de las novillas que escapaban, me aferré a las riendas y las crines enredadas de Gavilán con mi mano derecha y con la izquierda sostenía mi sombrero nuevo para que el viento no se lo llevara; era un Borsalino negro y recién lo había comprado para estrenarlo en La Aurora. Apretaba con las piernas a Gavilán para no caerme; llevaba un estribo ya suelto y con los saltos, me golpeaba en la rodilla el caballito de cobre brillante de mi estribo de pala. Sentía que los floramarillos y los bledos  estiraban sus ramas para alcanzarme con sus espinas, así que procuraba no moverme mucho de la silla. Tenía sed y hambre, me sentía muy débil y apenas podía sostenerme; no recuerdo mucho después de esto, el resto del ganado ya había regresado al rodeo que se alistaba con la gente para la marcha hacia la casa.

Mi tío veía la carrera desde cierta distancia y notó cómo las dos novillas blancas entraron al monte sin detenerse; era un monte pequeño, Gavilán y yo entramos también vertiginosos; al otro lado del monte solo salió una de las novillas, la otra debió esconderse entre las matas; Gavilán y yo tampoco salimos; mi tío, que observaba la escena, corrió a  buscarme. Me descubrió dormido, recostado en el tronco de un árbol y con mi Borsalino negro sobre la cara; Gavilán estaba justo ahí, esperándome a pocos metros como si solo nos hubiéramos detenido y me hubiera desmontado para descansar un poco en la sombra.
Puedo reírme ahora, pero entonces sólo esperaba que alguien me dijera qué había sucedido, cómo había llegado a acomodarme allí tan rápido y a dormirme. Esa tarde me dolía la cabeza.  Al otro día y al siguiente no me dejaron salir a la sabana; Gavilán descansó y yo también, tuve que quedarme en la casa (La Aurora, una leyenda que es el hato de mi tío Armando, que también es otra leyenda). Como no había estado allí antes, salí a recorrer las casas en la mañana, los cuartos, las caballerizas, la casa de la cocina, los patios llenos de flores y matas nativas que Ligia, la esposa de mi tío, había mantenido por años con esmero y dedicación; se ocupaba de cada detalle, los cuartos, los pisos, la comida para nosotros y para los trabajadores, y su casa, que siempre estaba alegre, como ella y como permanecía el hato entero, con sus paisajes inmensos y su flora y fauna exuberantes.
Caminé y exploré cada rincón, la casa de la peonada con los chinchorros recogidos y sus secretos amarrados de los guindos, en la caballeriza, colgados de los garabatos, yacían ordenados los rejos sin pelar esperando la temporada para asegurar las puertas o para salir a la sabana en los próximos días, buscando un chance de apretarse en el cuello de algún cachilapo que no quisiera dejar su comedero. El techo de palma llovía una sombra fresca todo el día, los aperos de mis primos colgados en las carameras de las columnas; todo tipo de tejidos y diseños distintos en los peyones, en las riendas, los estribos eran todos diferentes, (unos no los había visto jamás), los cabrestos de cerda, las correas recién engrasadas y las sogas, los bozales suaves, usados y con anillos diferentes cada uno; cada potro necesita un bozal diferente. Recuerdo que, en silencio, miraba los nudos y los estudiaba; cada nudo, los de los madrinos, los de los arciones, los de los alzafrenos y las barbadas, los nudos de los cabrestos, los de las llaves de las sogas, los de los berijeros que sostenían elevados los garabatos. Todo, todo lo vi esa mañana, solo, en silencio.
Desde ese día no quise quedarme nunca más en la casa; debía salir a terminar esa batalla con el hambre y el sol, debía terminar la jornada  y aprender a usar las cosas que había visto en la mañana, debía aprender a parar un rodeo, a hablarle al ganado y adivinarle las intenciones de irse antes de que sea tarde, porque en el llano, no hay mucho tiempo para equivocarse, todo debe aprenderse  sobre la marcha, en plena faena.
En las noches, como no hay luz artificial, la oscuridad del firmamento y el viento son lo único que se ve, y como el trabajo es pesado y largo, se descansa en silencio. Es el momento de la oscuridad más absoluta, el momento en que las voces internas llegan poderosas a invadir esa soledad y esa inmensidad que la naturaleza nos ha demostrado durante el día. Es el momento en que se reflexiona con el silencio envuelto debajo del toldillo, se siente el cansancio, el peso del cuerpo y se duerme largamente. El ganado encerrado en el corral de vez en cuando se asusta y se puede escuchar el sonido de los tranqueros resistiendo la estampida o los becerros que se pierden de sus madres y las llaman nerviosos.
La Aurora, estuve menos de diez días allí, pero recuerdo su olor y sus corrales, recuerdo la sabana tan diferente de las otras. No he vuelto más a La Aurora, y la dimensión, la noción de inmensidad con que yo viví cada segundo de esa corta temporada me ha llenado de huecos el pecho.